Frases de Aristóteles ( 4 )


El verdadero discípulo es el que supera al maestro.

Todos o casi todos distinguen el alma por tres de sus atributos: el movimiento, la sensación y la incorporeidad.

Porque deleitarse es algo anímico, y para cada uno es placentero aquello de lo que se dice aficionado.

El género humano tiene, para saber conducirse, el arte y el razonamiento.

La verdadera felicidad consiste en hacer el bien.

Si el espíritu es un atributo divino, una existencia conforme al espíritu será verdaderamente divina.

Todos los aduladores son mercenarios, y todos los hombres de bajo espíritu son aduladores.

Es un principio indiscutible que para saber mandar bien, es preciso saber obedecer.

Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella.

Los dialécticos y los sofistas, en sus disquisiciones, se revisten de la apariencia de filósofos.

Así como los ojos de los murciélagos se ofuscan a la luz del día, de la misma manera a la inteligencia de nuestra alma la ofuscan las cosas evidentes.

Los grandes conocimientos engendran las grandes dudas.
El que posee las nociones más exactas sobre las causas de las cosas y es capaz de dar perfecta cuenta de ellas en su enseñanza, es más sabio que todos los demás en cualquier otra ciencia.

No hace falta un gobierno perfecto; se necesita uno que sea práctico.

La historia cuenta lo que sucedió; la poesía lo que debía suceder.

La ciencia es respecto del alma lo que es la luz respecto de los ojos, y si las raíces son amargas, los frutos son muy dulces.

El fin de la ciencia especulativa es la verdad, y el fin de la ciencia práctica es la acción.

Porque el hombre bueno es propenso a ceder.

Se quiere más aquello que se ha conseguido con muchas fatigas.

También elogiamos al sabio por su habito, y a los hábitos dignos de elogio los llamamos virtudes.